viernes, enero 16

Teatro del Anfiteatro -_ C

Cómo explicarte corazón, todo lo que estos días ha pasado. La verdad no sé ni por dónde comenzar. Pero tú sabes, siempre he sido así, un poco dubitativo a cerca de todas las cosas del mundo. Lo sé, no me mires con esa cara, con esa mirada de que aún no entiendes nada. En verdad no te esfuerces, sólamente te cansarás en vano. Sabes, lo sabes. Sí de verdad. Es que acaso creés que yo podría estarte mintiendo. Aunque en verdad vida mía no tienes la menor idea. Pero es normal cariño. Sí sí, normal a pesar de todo. Normal que te encuentres así. Es por tu propia seguridad cielo mío. Imagínate que no me hubiera preocupado por todas tus comodidades, por ver por tus gustos. Hasta tendrás al borde de los pies lo que más te gusta. Sí cariño, pero no son condones. Qué más hubiera querido yo que dejarte un hombre. Pero no, no es así. Si fuera así, estarías aquí del todo para divertirte. Pero tampoco me pidas esas cosas, primor, que con qué es que me vas a pagar ese tipo de diversiones. Aún quizá tengas a tu hombre, uno más. No te sientes como Pinocho. No sientes que tu nariz está hoy un poco... más grande. Esto es divertido sabes, ver cómo te esfuerzas por encontrar eso a tus pies. Si lo sé, está aquí, justo debajo lo siento. Pero no alcanzo a ver bien qué es, maldición. Es sólo algo, algo extraño. Así, corazón, te genero un poco de expectativa. Sí, porque no tienes idea de lo aburrida que se me hace tu vida. No tengo idea de cómo la soportas. Conozco perfectamente cada movimiento, eso es perfectamente más que comprensible. Si vivo contigo las 24 horas, e inclusive más. Imagínate que no me tuvieras en todo momento para ayudarte y apoyarte. Entonces a quién recurrirías cuando no supieras qué hacer. Recuerdas aquella vez que dijiste que en un dejavú supiste qué debías hacer cuando te encontraste ese maletín lleno de dinero. Apoco creíste que fue suerte del destino todo lo que pasó después. No mi vida, si así no se dan las cosas en la vida. No seas ingenua, que sin mí no serías nada. No te ennecies en creer otra cosa. Ya mi vida, deja de lado esa cara de dolor y sufrimiento que en nada te ayuda. En realidad nunca te lo dije, bueno es que yo no estaba para eso, pero siempre creí que podías dar más. Desde aquella vez que me hiciste caso, todo mejoro, menos una cosa. Nunca fue esa la razón por la que andaba contigo, o acaso crees que sí. Hay mi amor, no pongas esa carita de arrepentimiento, yo mira que sólo estoy aquí para volverte las cosas un poco más claritas de lo normal. Pero es que simplemente no, no es así. El destino lo decidió y punto. Que gracias a mi ayuda fuiste más exitoso, no lo niegues. Te acuerdas cuánto nos costó que tiraras esa estúpida moneda. Sí la que aventabas. Esa merita la que cada que querías algo tirabas. Pero es que todo es cuestión del destino. Si la moneda dice no, no se puede hacer nada contra de ella, es digamos, una manifestación de la gracia de Dios en la tierra. Y crees que yo no creo. No sé que pensar. Pero claro que sí, si soy el primer partidario de esa clase de juegos, pero mi vida, usa más tu imaginación. Conseguiste finalmente lo que querías que ese era el punto. La pregunta es, ¿después qué? no lo sé sólo pasó. Pasó lo que tú después quisiste que pasara. Pero yo no controlé nada. La influencia estaba dada. Nunca quice lastimarlo. No me intentes engañar, recuerda que sé más de lo que tú piensas. Qué tienes. Quieres estar un poco más cómodo. No entiendo qué hago aquí. Pronto lo enterás cariño, no te desesperes. Aunque quizá sea demasiado para ti, para esos ojos tan puros y castos que siempre tuviste. Ya vez, no puedes evitar una sonrisa pícara. Lo sabes, somos confidentes, amigos. Más allá de todos los secretos estamos tú y yo. Apoco no es fascinante no saber dónde estás. No. A mi siempre me resulta completamente fascinante. Y saber que estás a mi lado me calma. Bueno, no literalmente al lado, sólo lo usé para que imagines mi presencia. Me puedes oler. Me puedes sentir. Tócame. Siénteme recorrerte la piel. (Risa) Me has sentido. Respiración entrecortada. Un ligero aire recorre su oreja. Voltéa la cabeza, se pone rígido. Siente mi color, mi nombre, mi forma. Siente mis labios. ¿Has sentido alguna vez cómo la noche te hace el amor y se cuela entre tu alma? Manos frías que recorren el cuello desnudo. Una cabeza que comienza a moverse inquieta en el soporte que se encuentra. Aunque relajada, pero más bien nerviosa. No tengas miedo. Qué quieres. Nunca podrás. ¡Qué quieres! Nunca lo harás. ¡Quién eres! Te lo dije. ¡Quién eres! Estoy aquí. ¡Dónde estoy! En el mejor de tus sueños, en el lugar donde todas las fantasías comienzan, donde todos los deseos se cumplen. Siempre el aire recorrer tus muslos desnudos ante la multitud. Siente el aplauso. Siente la risa. Siente la multitud. Siente el golpe del deseo máximo. Supremo. Una silla bamboleante se descubre ante el escenario. Suenan sus patas en el piso duro de la duela. Ambas piernas pizan lo tirado, lo regado. ¡Para!
Una luz te deja ciego. Así es. Una luz. Todo tu cuerpo rígido. Poco a poco se destensa tu cuello. Sientes una corriente de aire frío recorrer tu cuerpo. Voltéas hacia arriba. Luces. Voltéas hacia frente, luces. El escenario se expande ante ti. Inmenso, inconmesurable. Qué pasa, acaso tienes pánico escénico, por qué no nos dirijes unas palabras. ¿Quién anda ahí? Vamos, anda. Comienzas a escuchar tu nombre. En multitud. Pareciera que una multitud aclama tu nombre. Y no lo sabes, no sabes en verdad de dónde proviene. No alcanzas a distinguir más allá de las luces del escenario. Algo frío recorre tu nuca. No te esfuerces en buscar, no hay nadie a tu lado. El grito del público se va haciendo más estridente. No comprendes. Comienzas a vivir un ligero sentimiento de exibición, de voyerismo. Extráñamente siempre lo soñaste. Cómo supo alguien, con quién harás el acto. Más frente a cuántos. No importa. ¿Qué haces aquí? Los aplausos. Voltéas al frente. Negro. !Qué alegría de verte¡ Negro. ¿Qué pasa perra, es que no me reconoces? Pasos al otro lado del escenario. Ya te dije que no hay nadie a tu lado. La voz provino de él. Cómo fue que no reconocí tu voz antes. Todo el tiempo has sido tú, esta vez sí me has pegado un susto. Negro. Los aplausos misteriosamente han cesado. Vamos, ¡deja de jugar! Dame mi ropa y déjame salir de aquí. Seguro que me has de estar filmando en pelotas para ponerme en ridículo, pero no hay nada que una buena mamada no pueda arreglar. Pasos del otro lado. Giras la cabeza. ¡No hay nadie! Hey! Qué pasa! ¿En dónde te has metido? Vamos cabrón, dame mi puta ropa que me empiezo a morir de frío. Ya me harté de este jueguito. Se va toda luz, de nuevo en tinieblas. Pasos. Paso grade. Paso pequeño. Paso grande. Grande. Pequeño. Paso. Paso. Paso grande. Pasito, pasito. Paso, Paso grande. Una pequeña luz a lo lejos se enciende. Parece iluminar una butaca. Un, un hombre al parecer comienza a aplaudir. Se levanta de su asiento. Elegante. Impecable. De cara blanca, pálida. Palida. Sonrisa roja. Oiga, ¡quién carajos es usted?! ¡Te dije que no había nadie! Algo caé en tus piernas. La luz cegadora de nuevo llega. Voltéas, lo ves. Tus hermosas pupilas, tan grandes, hinchadas y rojas. Tu boquita tan discreta, tan abierta. No te vallas a dislocar la mandíbula. Sus ojos fijos miran los tuyos. Tu amigo, o al menos su cabeza, se encuentra viéndote, ahí, en tu regazo. ¡Qué conmovedor! Ahora la silla comienza a moverse frenéticamente de nuevo. Deja de hacer eso, dañarás la duela. Sustancia salina que corre por tus ojos llenos de venas rojas y saliva que sale de tu dulce boquita. Corazón, siempre fuiste tan sensual. Saliva, lágrimas, rojo, rojo, gritos, saliva, lágrimas, grito, saliva, grito, grito, epilepsia de la silla. Tu cabeza se volvió loquita, gritas, gritas, gritas. No puedes dejar de gritar. Los aplausos se multiplican. ¡Sáquemne de aquí! ¡Déjemne salir! Hijos de su puta madre déjemne salir! Chingada madre déjemne salir! Saliva, baba, palabras entrecortadas. Lloras, saliva. ¡Gritas! ¡Auxilio! Lloras ¡Dëjemne salir!
De verdad te lo digo, deja de gritar. La cabeza gira, te mira. ¡No hay nadie! colérica. Gritas, gritas, gritas. Saliva, lágrima. Gritas. GRITAS con todas tus fuerzas!
De tu cabello hacia arriba jala tu cabeza. Cara pálida. Ojos negros, profundos. Una mano. Tu cabeza golpea desesperada en la duela. Rojo, rojo aunque es negro en ti. Dos hermosas canicas ruedan de la mano de cara pálida, junto con mucho rojo. Estrellas tu cara contra el piso, negro negro, el dolor desesperado del vacío que han dejado tus canicas. Arriba, abajo, arriba, abajo. Mucho mucho rojo.
Estoy en tu mente. Deja de manchar el piso de mi teatro, te dice la misma voz.
No hay nadie a tu lado.

F.M.

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