jueves, marzo 12

El hilo de Ariadne

Qué pasa cuando tu mente se vuelve caos.
¿Qué pasa cuando en tu mente todo se deordena?
¿Qué pasa cuando lo que dices que haces no tiene lógica ni sentido?
¿Qué pasa cuando cuándo no sucede?
¿Qué jodidos pasa con todo esto?
¿Qué es lo tan remotamente infinito?
¿Acaso será un castigo infinito, referirme a las sombas del infinito. Por que más allá de él no hay nada, ¿y qué después? ´cómo ¿dónde demonios sé que termina el infinito si es tan grande, tan vasto, y no puedo ir más allá de él? la misma idea me limita, me lasitma, me hiere, me constriñe. No puedo pensar más allá de él. No puedo salir de estar interminable vorágine de emociones que parecen envolverse unas con otras. Unas con otras. Otras con unas cosas. Cosas que parece que nunca van dando más que vueltas en espirales. La eternidad plasmada desde tu centro, desde tu propio mundo. Pequeño, mínimo. Desconocido. Infinito. Que lo más elemental, lo más esencial aún no te lo has podido explicar. Pobre de ti si crees que te beneficias, a ti mismo. Que lo sabes. Sólo descubres cuando das media vuelta que sabes menos de lo que sabías ayer. Porque esas cosas infinitas que caen sobre tu cabeza se van volviendo más desenrredadas, más maliciosamente solemnes. Y tú ya no sabes ni para dónde demonios mirar. De nada sirve volverte avestruz. De nada sirve volverte proxeneta. Anda, tú, sigue. Profeta delos tiempos modernos, de las nuevas vicisitudes. Crítico incansable. Problemático. ¿No? será que tan sólo los signos se han desplazado porque te tienen miedo. Porque tienen miedo a tu violencia, a tus palabras que no son más que un montón de cosas de cosas, que ninguna cosa signfican en sí. Epiménides tenía razón. Pero cómo saber que no estaba equivocado. Cómo saber que me decía la verdad. Violencia, es cierto, de los inferiores hasta los de mis mános. Minúsculos pero poderosos servidores de mis caprichos, de mis deberes. Que cómo sé que ni siquiera con esta necia obstinación de gritarte, cómo se que no callo. Cómo sé que no lo hago tan sólo por que no me atrevo a decírtelo de frente, a decirte cada una de las cosas que siento contra tí y son muchas. Sí, contra tí. Si tú, estás sentando. No veas con cara de idiota. No puedes verme, no verás más allá de tan sólo la hipócrita hoja de papel a la que miras. La crees indefensa y sin embargo constituye una daga para mi. Una daga para tu corazón. Algo que insensatamente he planeado poner aquí, en medio, tócala, siéntela. Disfrútala. Es tuya. Parecía que venía incluida. Crees acaso que no me doy cuenta de lo sucedido. Ahora estás un poco espantado, un poco... sobresaltado. Pero si te digo estas palabras es porque no puedo ocultarte lo más profundo, porque te quiero, te necesito. A ti. Desearía poderte clavar una y otra vez esta maldita daga en el corazón, en las entrañas, hasta desaparramar cada una de tus venas, por el suelo, por la calle, por mis sueños. Por aquellas hermosas mariposas que llenaron tus recuerdos. Felices hijos del carmesí que aguarda a que tan sólo por una noche te liberes y vueles. Y vengas hasta mi cama y me digas lo mucho que me odias a mi también. Lo mucho que te aborrecí. Sin embargo a cada instante no puedo dejar de pensar en ti. Sabes que eres único. Por qué me tratas así, por qué es que quieres matarme. Si yo no te he hecho nada. Desde el principio lo dejé todo bien claro, tú y yo estabamos diseñados para algo especial, algo que va más allá de lo que toda relación te pueda dar. Te quiero mucho, te lo he dicho, pero no me pidas que te diga otra cosa, no me pidas que te diga que te amo cuando lo único que quiero es que estés a mi lado. Que pienses en mi tanto como yo. Que me hables, que no te separes de mí. Déjame hacer todo eso que la vida hace que valga por dos, que la vida pide que nos sea propio. Algún día sabrás que yo quiero. Sabrás día quiero, y mucho quiero saber que lo sepas. Y lo haces maldita sea, por que me lo has dicho. Y por que mil veces te he dicho que lo importante está en lo que no me dices. Y me lastimas, y me hieres y me matas y sigo aquí. Por que no me puedo morir, porque tengo que seguir aquí. Por una y mil veces, el asesino se ve asechado por su víctima, se ve el el laberinto donde está ese minotauro. Y yo me siento tan desportegido, porque he perdido mi hilo. He perdido todo aquello que me unía. Todavía parece que tengo un vago recuerdo. Callejones que no tanto tiempo dejé atrás. Calles ya conocidas. Calles con rostros incrustados, calles con corazones, con flechas, pistolas, y toda clase de esos utensilios que usas para hacerme el amor. Y yo ahora no quiero tenerlo entre mis manos, porque lo desprecio, por que me parece inútil. Por que precisamente si vine a buscar a la bestia fue para eso. Para ser devorado, para ser engullido hasta cada uno de mis cabellos. Y de repente, ¡patético! tu risa tan falta de gracia, tan llena de insensatez. Tu risa diabólica cual de una niña sin dientes. Tu risa tan mefistoficamente maliciosa, me engaña y lastima mis oidos con tan sólo un lloriqueo. Sin eso. Quién te creés pusilánime esperpento. Estúpido incoherente cobarde bufón. Riéte en las sombras de aquellos que no veas. Como yo. Más no te atrevas a reírte de ti mismo, pobre mimo con las cuerdas de fuera. Y por si no hubiese vastado, encontré a una doncella haciendo repujado. A mi doncella. A mi jodida doncella!. Que jodidos ha pasado con este mundo de mierda. ¡Chinga tu jodida madre! te grito de frente. ¡Chingate tú! Chíngate una y mil veces los de tu especie, jodido maricón. Y eso hacemos, osas en decirme. Ahora, sin perder al menos una pizca de mi hombría, sin dejar de ser el fino y sutil caballero que siempre fui, que nunca supiste ver, correctamente un fluido de mi viaja hasta tu cara. Se escurre entre tus comisuras, mi amor. Yo no necesito jodidos maricones, desecho. Al menos valiéras, al menos fueras un poco más útil. Por ejemplo, en mi armario. Por ejemplo, de trofeo en una de las 7 paredes de mi casa sin techo, de mi casa que tan sólo un condomonio de interés social, jodidos envidiosos, creen de mi. Y de mi no saben un carajo. Y de mi, ni la noche encuentran en tan sólo un suspiro. Por que yo sigo aquí con mi daga, amenazando. ¿Creés que se me ha olvidado que escribí para matarte? por que estoy aquí, lo sabes. Detrás de ese cristal que atraviesa dimensiones. Que puede detener el aire, más no detienen las emociones. Que de un momento a otro un chasquido detrás de ti. Por que por un momento tu cuello, tus manos, tus pies. Tu cuerpo y tan sólo eso con miles de caminitos, como miles de avenidas de alto tránsito. Como miles de recónditos lugares en donde me podría esconder. No esperes verme, no me verás. Me sentirás. Que las fibras de tu cuerpo serán las primeras en gritar auxilio, en venir por mi hasta encontrar mi muerte. Como un virus de ocho patas, como un bacteriófago algún día te atacaré. Saldré, desde muy dentro, desde quizá, de tu corazón. Y más que un minotauro del laberinto de las emociones se desprenden los cristales. Y la pobre y dulce niña corre y corre. Y no sabe qué hacer. Por qué será que la persigue de esa manera. Por favor, dice entre sollozos, yo qué te he hecho. Existir. Por favor dime cuál fue mi único pecado salvo encontrarte. Existir. Al menos dimelo, necesito saberlo. Y una suave brisa llena de emoción el rostro. Una suave daga que le cruza, por la mente, por el cuerpo, por la sangre. Sin las venas de tu encuentro, sin sandalias que besen hasta el más recóndito de tus dagas. Así mi amor, yo te violé, mi minotauro hermoso. Mi hermosísimo trofeo. Que aún espera lugar en mi casa. En mi sala, en mi corazón. Asegurándome que nunca me leerás, porque el día que leas me enteraré, me entaré y tendré que ir por ti y verte, y sentirte y olerte. Y luego... matarte. Cuando sientas cosquillas en el cuello, desde tu espalda... No voltees... no voltees...

te mato

F.M.

domingo, marzo 8

¿y?

El demonio camina por sobre el precipicio. El acantilado. A sus pies se expande la llanura de una montaña del terreno escarpado. De una tierra lejana, distante. Irreal. Son las cosas que suceden en los momentos más reales de la vida. La felicidad. Corazón. Solamente. Aviéntate al precipicio sin ver, sin mirar. Siempre con la vista hacia aquella roca, aquella roca tan puntiaguda. Sedúcele, cántale al oido,bésale el cuello. Haz lo prohibido, sin pudor. Sin pena. Gloria. Piedad. Miéntele y vuélvele a decir la verdad. La increíble y oculta verdad que mofa a cada instante en que gritas. En que te ves al espejo. En que vuelas por sobre el río del acantilado de la montaña.
En cuanto duermes y abres los ojos. Mi meta en la vida es morir; la vida es el camino. Cierra la boca. Siente el aire, acariciándote. Toquetéandote obsenamente cada parte de tu cuerpo. ¿y?
Creíste que lo habías perdido para siempre. Y sin embargo no te puedes resistir a la tentación de verlo, de hacerlo una vez más. No sabes ahora cómo puedes dejar de vivir. Sin él. Sin eso. Sin nada. Ansiedad que correo las venas de tu enemigo cada que te acercas un poco más a la victoria. Qué iluso eres, si yo llegué primero, yo estuve primero, sigo estando. Ahora no. Miéntes. Miéntes por que sabes que te conviene mentir. Yo por mi parte, miento. Miento porque sé que me conviene mentir. Tú te quedas atónito, estupefacto. Estúpido. Volteáste a ver cómo si hubiera alguien a tu lado. Estoy yo. Mírame. Fuiste real tan sólo un instante. Agradezco. Mentir.
Cada instante se volvía diferente, se volvía todo eso que buscabas y que no podías encontrar. Aquello que ilusamente los demonios piensan como maldad. ¿Qué? Buscabas y no encontrabas la verdad, no encontrabas una mentira justificable por que simplemente creíste que no debería de exisitir. Más aún bien lo hizo. Sin embargo todo ocurrió. Así, sin planerlo. Llegó de improviso y le asetó un golpe mortal. Ahora no sabe si podrá dejarlo. No quiero.
Curioso en ocasiones pensar en lo inspirador que tu aliento se volvió hacia las entrañas de la bestia. Qué seducirá más la carne. La piel. El deseo infinito de tocarte los labios recorre las arterias del cuerpo del asesino. Se vuelca la sangre hacia el cerebro. Se desmaya.
Mira que yo nunca soy así, la verdad me cuesta demasiado trabajo volverme transparente. Invisible. Y visibilidad fue lo último que pensé en aquel momento. Porque al fin lo logré, fui invisible, ese fue el gran recuento en que con los hechos llegué a ocasionar. Conciencia. Nunca faltó, escribo con violencia por que no quiero perder el recuerdo que existe en cada pequeño fragmento de la memoria, que sin embargo ahora se ve un poco ofuscada por la razón misma de ser. Por la razón misma en que mi estógamo suena y me responde que no está enojado, que no está cocido, que tolerará, aún por un tiempo más cada uno de mis excesos. Quizá llegues a matarme, asesino despiadado. Más no tengas en cuenta mi voluntad sino escucha lo sonoro de tus caprichos. Ahora. Más tarde no me tendrás. Cuando las víseras no sean víseras y se vuelvan más que basura. Entonces yo creí que la voz de Dios era mi voz misma ¿Qué? atinado creí.
Desde el momento en que inició todo suponía que iba pasar. Aunque perdiera un dedo, aunque quizá acabara sin mano. Acepto la responsabilidad. Esperaba un mejor castigo. Te quiero, no me des más problemas. Haz lo que en tu gana te venga. Y es que sólo en mi gana no me viene hacer nada. Así de sencillo he decidido decidir. Trágate tu lengua. Mejor. Si te duermes. No serías el primero en morir así. Y sin embargo a cada minuto morí, morí, morí. Deseo morir por cada uno de los instantes en que respiro. Por que volviste a respirar mi aire. No me importa. ¿y?.
Seré sincero. Detesto la monotonía. Detesto la linealidad. Ahora la geometría me parece irreal. Utópica. Así como las cosas que pasan en tu cabeza. Como el vinagre que te está disolviendo el cerebro, y que en cada una de las cebollas me fascina introducir a mi boca. Qué sería todo esto sin vinagre.
Y aún después de varias horas mi mundo seguía girando. En la alcoba, seguía girando. En la vida, seguía girando. Nunca se detiene. Más para la muerte. Demonio, hecho hombre. A imagen y semejanza. Creés que me burlo. No. La verdad sí. Ausente. ¡Y volviste a llamar!
Inconexo, incoherencia. Qué demonios es lo que me quieres contar. Estoy un poco harto de ti. DE todo lo que haces, de todo lo que dices. ¿y? Cógeme en silencio fue tan sólo una parte, porque en las mariposas la vida es corta, el sol sublime. En cuanto volviste inspirador, la tierra se detuvo, porque después de horas no se dejaba de mover. Crees acaso que me importan los regaños, crees que quiero un lamento. ¿Compasión? No necesito nada de ti. Nada tuyo que provenga de tu sucia boca. Sólo quiero más alcohol. Sólo quiero más de todo eso que me embriaga, que me ensucia, que me harta. Que más allá de toda convención le puede dar un golpe en la cien. Monotonía. No te soporto ni por un instante más, aléjate de mi. Alicia. Lo sabe más que bien.
Confieso. Me encantó. Comer un dedo, con vinagre. Suculento. Debo confesarlo, primera vez. Fui del cielo, y hasta el cielo. Y ahora ahí me quedé. Por qué no llegué hasta los infiernos. pobre de ti. perdedor. La verdad no lo entiendo. Pero me encantó. Sutil encanto el que se encerró en aquellas botellas verdes, en aquel líquido con sabor amargo. Fue la primera vez, aunque no lo creas, te lo juro. ¿Drogas? Déjame checarte los brazos. Risas de fondo. No me jodas. Ni un puto piquete, ¿cómo le hiciste? Qué nadie te ha dicho del poder de la meditación. Cicatriza, menos cuando te rascas y te salen ámpulas. Imagiación. Inspiración. Así se vuelca la droga dentro de tu cerebro. Que tardarás en eliminar. ¿y? Por mi hubieras sido mio en ese instante. Aunque fuera yo invisiblemente obvio. Por que lo fui, y no me importo. Y quizá algún día seas mía por voluntad. Jesús bendito, no nada más San Antonio está de cabeza. Gracias, santito. Cuándo me haces otro milagrito. Hereje. Aplausos. No me mires. No me hables qué asco.
Gracias, me fascina. Me fascina poder seguir en caida libre hacia el acantilado. Cuando los demonios han descubierto una vocación, asesina, no deben descansar hasta llegar al fin. El fin marcado por el inicio de los tiempos, de esos tiempos tan irreverentemente modernos. Ahora hay desorden. Y habrá más. Y quizá, en soledad, más cuerpos caigan, en mis garras. Acantilados. Tengo los ojos cerrados. Sólo por tu aroma, por esa hedionda fetidez que me estremece el alma, presiento que te has aventado al acantilado conmigo. ¿Traías paracaidas? Directo a la roca, no la pierdas de vista, directo a la roca. Me pregunto si será conveniente. Besarte con los ojos cerrados. O será acaso, más sensacional. Estrellarme en el acantilado. Con los ojos abiertos. De frente. Mira siempre de frente. Por donde pisas. ¡Cuidado! No te vallas a caer. ¿y?
No sé.
F.M.

...

Vuelven, aires, peregrinos. El único sentido cobra, por siempre, un significado material, irreal, ilineal. La vida busca siempre caminos por donde atravezar, montar, escupir. Así te vuelca en el infierno, te quema, y tú como si nada pasara, miras más allá del horizonte. Alicia, por qué no puedes salir del reino de los corazones, ¿acaso he hecho algo para merecer esto? mi dulce niña, por piedad, no voltees hacia atrás, en cuanto lo hagas, tu cabeza perderás. Rodará y rodará por sobre los verdes prados, por sobre el horizonte. Por debajo de aquellas rosas blancas, que tú insististe en que fueran de carmín. Con tu sagre, chorreante, llenarás el suelo, caudales correrán. Y ni así la tierra puede cambiar, Alicia, las rosas blancas son blancas, sólo tu sangre es carmín. Mi amor Alicia, dónde te ocultas, por qué no vienes a mi guadaña de acero, y mi dulce y fiel falo certero. Alicia. Corre. Dios, si me he de volver loco que sea por la única cosa que vale la pena. Hazme por piedad, sufrir a cada instante, intensamente. Se cumplió.