Aquí me encontraba yo, despierto, abierto, un tanto ausente. Me encontraba en medio de la sala de operaciones y me preguntaba, hasta cuándo iba a terminar todo esto. Me preguntaba por qué era, en primera instancia, que había llegado a este lugar. Qué chistoso es, que no lo recuerdo. No sé cómo fue que llegué hasta aquí. Me resulta todo esto un tanto extraño, un tanto mutante. Esa bellísima luz que se encuentra encima de mi cabeza me está deslumbrando... Doctor, podría por favor apagar la luz, esque me está empezando a dejar ciego... -Claro que no puedo- contestó el doctor con la voz más dulce y gentil que he oído. -Nos encontramos en medio de la operación para sacarle el corazón, cómo espera usted que apagemos la luz, nunca-.
Hice un gesto de desenfado, si no quería apagar el doctor la luz, pues qué podía hacer yo, nada. Lo más chistoso de todo, es que en verdad no sentía nada. Eso al pricipio me generó un poco de inquietud, pero después supuse que quizá estaría todo mi cuerpo adormecido, por lo que no podría sentir nada. Pregunté entonces a la señorita Afregia mi duda, sólo para corroborar de que mi pensamiento era correcto. -Señorita Afregia, señorita Afregia- dije agitadamente - ¿podría usted aclararme si no siento mi cuerpo por que éste se encuentra anesteciado?. La señorita Afregia con voz firme, pero no por eso menos cálida que la del doctor me respondió. -Señor Cebián, usted está totalmente mal. La verdad es que desconozco la razón de por qué no siente su cuerpo. Pero no se angustie, eso pasa a menudo por estos rumbos, no hay nada que temer. Es más, déjeme quitarle la venda de los ojos, quizá eso ayude a aclarar un poco más sus dudas. Lo que sí le pido es mucha discreción, ya que el doctor Anlosa no permite que tengamos esta clase de consideraciones con los pacientes, espero comprenda.- Dicho esto, procedió a desenrrollar algo que estaba obstruyendo mis ojos, pero que contradictoriamente no había visto yo antes. Poco a poco fue desenrrollando la "venda", como ella llamaba a aquél pedazo de tela que se encontraba envuelto en mi cabeza. Sentí como la presión poco a poco iba liberando mi cerebro. Pareciera que había estado durante un buen rato ahí, ya que ahora me punzaba un tanto fuerte. La señorita Afregia finalmente terminó de quitar la "venda" y yo pude ver. Al principio sólo veía blanco. Supuse que era la bata blanca de Afregia. Después poco a poco mis ojos fueron enfocando, como la pequeña lente de una cámara que poco a poco va encontrando el punto exacto hacia dónde centrar la atención. Primero un punto, después otro punto. Veo un punto, otro punto, y bien un punto, ahora otro punto, será eso un punto, punto, punto, punto... qué punto, cuál punto de dónde está el punto, hacia punto, voy punto, punto, punto. Sí, definitivamente, veo puntos. Tengo comezón en un ojo, pero no me puedo rascar no siento mi cuerpo. No pensé que esto fuera a convertirse así de dificil. Bueno, decido subir y bajar los ojos, quizá así elimine el escosor de ellos, además de que me ayude con mi puntillosa visión. Hola Doctor Anlosa, es un gusto verlo- digo con el tono más efusivo que puedo. -Sr. Cebián, un gusto tenerlo entre mis manos- comenta de lo más efusivo el Doctor Anlosa. Señor Fabián tenga la delicadeza de dejarse de rascar, está usted echando a perder el trabajo de la tarde, comenta el Dr. -Sí Dr. disculpe, usted, siento mucho, Frío.- Dígame Sr. Cebián, estamos para servirle-. Podría usted tener la delicadeza de ponerme delante de la mesa de operaciones, lo que pasa es que esta posición me resulta un tanto incómoda-. -Con todo gusto Sr., usted me indica-.
Finalmente fui colocado frente a la mesa de operaciones. Ahí pude ver cómo trabajaba el Doctor Anlosa, el Dr. Me pareció sorprendente ver cómo a pesar de todas las dificultades que presentó el Frío, se pudo hacer un trabajo excelente. Me encontraba yo al borde de las lágrimas, al fin me habían sacado el corazón. Qué bendición más grande la mía. Ahora sí, podría yo ser libre. Al fin podría yo ser libre.
El Doctor Anlosa se encontraba de lo más contento, y para indicarme que la operación había terminado con éxito, me dio una palmadita en el muslo. No podía dejarme ir así, por lo que comenzó a vestirme. -Muchas gracias Doctor, es usted toda una personalidad- No es nada hombre, para eso estamos, para servirle.
Intenté pararme, pero oh Dios, soy un poco torpe. Parece que mis piernas no responden bien y caí, sin siquiera meter las manos. Lo bueno es que aún no sentía nada. -Qué buen sedante me aplico Dr.- La enfermera comenzó a reír a carcajadas, un tanto nerviosas, mientras ayudaba levantarme. Me pareció un gesto de solidaridad. De fuera de la sala parecía venir un grito, tanto cuanto penetrante, aunque prácticamente inaudible. Consideré que el Frío estaba silvando, nada más.
Mientras ella me ayudaba a levantarme, junto con el Doctor Anlosa, el Frío traspasaba mi cabeza. Finalmente el Dr. dijo, parece que hemos de esperar, deje llevarlo a la incubadora, para que no pase frío. El Dr. me tomó y me condució hacia un cuarto rojo, bastante acogedor.
En la sala de operaciones, la señorita Afregia le murmura al Doctor Anlosa. -Doctor, creo que nos hemos equivocado nuevamente de cuerpo, éste no responde.- Afregia y el Doctor Anlosa rieron a carcajada suelta. El Doctor Anlosa no podía dejar de llorar de la risa que el comentario le había causado.
-Señorita Afregia, es usted una comediante consagrada- murmuró el Dr. mientras arrastraba por el suelo el cuerpo sin corazón. -Hemos de llevarlo a la cocina, recuerde lleva el sedante- comentó animadamente el Dr. Anlosa, mientras no dejaba de reír.
...
lunes, noviembre 10
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