jueves, abril 16

Brotará, R.

De repente pasa por mi cabeza, de repente pierdo el hilo de todo, de todo lo posible e imaginable.
De repente retorno al mundo de las mil caras, de una sola máscara. De repente vuelvo a ti. No es sólo porque ahora me sienta derrotado. En verdad no sé si aún sigo dentro de la batalla o no. Hace tanto tiempo que dejé de saberlo. Mi angustia. Parece maleficio que cada que vuelvo a pensar en ti las palabras brotan de mis dedos. Maleficio. Sofía. Te extrañaba. Y ahora me indigno. Y ahora me molesto. Después de un buen chiste, una dosis de un triste y malhumorado humor. Sí, es posible. Más no podría soportarlo. Sabes la veneración que tiene mi carne hacia tu existencia, devoto de tus múltiples y sardónicos defectos. Más yo, más. Sentado. De pie sin poderte mirar de frente. Por qué aún no te has querido quitar el velo. Ayer con un dulce aliento llamabas a mi mente, y hoy, me castigas, me atormentas, no me dejas vivir. Parece demasiado cursi lo que te digo, parece innecesario el lamento. Inexistente la aparente vinculación. Y ahora. Enojo. Sí. No lo puedo evitar. Estoy enojado. Más no sé bien con quién. No sé bien quién es el receptáculo de mi ofuscación. He de confesarte que tengo miedo. Y miedo, angustia, enojo son cosas de los humanos, ¡carajo! yo no soy humano. Este demonio que se encuentra más allá de tu simple y llana existencia no puede sufrir. No puede darse el lujo de sentirse a tu nivel, a tu caprichosa voluntad. No te puedo matar, no sabes cuánto lo deseo. Y si urgencia tenía yo de encontrarme contigo fue por la misma razón de arrastrarte hacia la nada. Y sin embargo, cada noche en tu cuarto, no puedo. Me encuentro dentro, una o dos ocasiones. Me escondo, perfectamente. Ya sabes, maestría. Y simplemente no me llega la razón. Razón que sólo verte dormitar es suficiente para creer que merece la pena lacerarme a mi mismo un día más. Sabes de mis instintos seguidores del marqués. Sabes de mi noble gracia hacia las cosas del púrpura violento. Y también sabes que la daga que debería estar en tu interior se encuentra dentro de mi pecho. Y si bien, jugamos, no sé si nos encontramos en oposición o en indefinible enfrentamiento. No es lo mismo, no te confundas. No sé dónde tanta basura se anida dentro de mi dispensario. Como de repente se me antoja aventarme al arrobo de tu Dios. Como de repente se me antoja la violencia de la carne, de la mente. Y bien, dirás que la practico diario, más no es así. Demonio traicionado por mis demonios desconozco si bien no será mi devoción franciscana lo que me mueva a hablarte a ti, frágil creatura como un ave que no entiende mi lenguaje, y sin embargo me responde. Creatura enamorada de creatura, pero no en los mismos términos. Malditos términos ¡aborrecibles! Cordura, dudo que exista.
Y bien que pronto yo sé que en cualquier momento una furia llegará hasta mi destino, me seducirá y caeré en el vacío de la perdición. Pero desde entonces no encuentro inspiración. No encuentro lo tremendamente innovador en mi ser que me llevaba a desear sangre, sangre por montón. Sólo deseo la tuya, tu cuerpo, tus suspiros. Y ahora, peor aún. Entre las creaturas de la noche, yo mismo me encuentro entre las desposeidas de la gracia de tu Dios. Benignamente me resulta irrelevante a mi psicología, más, creo en virtud de tu patología potencial, de tu demencia, que me puedes engañar. Y bien no sé por qué se niega a conocer a otro demonio. Y bien no sé por qué debe haber más sujetos en discordia cuando yo sólo comencé pensando en uno, en uno solo, en el único que vale y que me lleva al extremo de la furia de querlo arrancar a si mismo de su propio mundo. Yo. Yo soy. Soy el único. Único verbo de mi propia creación. Renacido y sentado a la derecha de nadie más. Vivo en torno a al desgracia de mi propia vida. Y no por eso confundas que soy infeliz. Ideal el retomar el mundo después del abismo. Te acuerdas del loco. Cómo no acordarme. Estaba tan feliz a punto de tirarse al precipicio. Pero si eras tú mismo. Ya te lo he dicho soy siempre yo, que no lo entiendes, tú. Por mi, sólo yo. Más ni el perro ni nadie puede detenerme, la caida constante, dura, en aceleración constante podría ser calculada hasta por el niño más inútil e ignorante. Sabes que no. Siempre lo he sabido. No. La mera tentativa de dejar, de polarizar y llegar al otro extremo, eso es lo que me da miedo. Por mí que el abismo sea infinito. Por mi que el abismo sea eterno. Por mi que la luz jamás penetre en una fibra más de mi esencia. Por mi que tires a aquel que te hace. Por mi. Ángel caído, sin alas. Seguiré cayendo. Más quizá, encontraré más pronto que tú el árbol del conocimiento. Que a la inversa viajaré y llegaré a lo más profundo de la tierra, porque en el Hades encontraré hermanos, porque más allá me fundiré y regaré las tierras de tus hermanos. Morirán. Más ahora, ¿será? No lo sé, inútiles parecen los reclamos, las sensaciones, no puedo sentir el aire que tanto me liberaba de esta caída libre, y eso me mata de dolor. Dame tu mano. No la necesito. Dame tu tiempo. No lo necesito. Dame tú. Obstinada, obsecada, necedad de negación negada. Felicidad. Regresaré a ti Alicia, no creas que te he olvidado. Regresaré a tus sueños, viviré en tus encantos. Encantado. Enamorado de tu dulce pelo, que se baña en las aguas del Aqueronte, que de tu piel brotará, brotará el insano líquido de mis pasiones.
Brotará, mis pasiones. Después de mi resurrección.

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