Es aún necesario, aún más que efectivo volver a reiterar. Parece distante y sin embargo se encuentra tan próximo. La palabra del día ha sido designada como una, y parece encontrarse surtiendo efecto en cada cosa que toca, que la envuelve y la desenvuelve. Es como un rey Midas que a su paso convierte en oro lo que toca. Pero en verdad será tan poderosa, ¿en verdad será que tan sólo un montón de letrás podrán tener y encontrar la fuerza para cambiar todo un universo? Fabián lo creé, está convencido de ello. Sino no sería que un instante lo hiciera, que tan sólo por un momento fueran capaces esas pequeñas de hacer estragos en su vida, en su mente y en todo su ser. Hay Fabián, cómo ha sido posible que lleguemos a este punto de la vida. Simplemente se da, puede ser que un buen día te despiertes y todo parezca claro, conciso, objetivo. Posible. Porque ese es el efecto a corto plazo, una efectividad inevitable que te llena. Revelador.
Así es el efecto de la palabra que por sí misma constituye toda un acontecimiento. Cuando rebasa sus límites, cuando trasgrede sus letras, cuando es capaz de actuar por si misma por tan sólo el hecho de ser palabra. Su creador, se ve cegado ante ella, en ocasiones no sabe cómo usarla, hacia dónde dirigirla. Revelador.
Lo saca del ensueño, lo vuelve para sí una apariencia menos difusa de una realidad confusa que lo atormenta. Parece revelador el simple hecho de descubrirla y pronunciarla, porque en su sólo nombre lleva toda su carga. Revelador.
Y ahora, de repente, cuando me doy cuenta del pasado, que sonará redundante, que ha pasado, ahora en este tiempo pasado participio de la primera persona del indicativo, a veces esa persona se desdibuja, pasa a convertirse quizá en tan sólo un pronombre más, uno neutro, aunque siga siendo indicativo. Uno fácil de decir pero difícil de indentificar en cualquier tiempo, por su multitud de rostros, multitud de sexos, multitud de concordancias que precisamente lo vuelven adaptable, sujeto de sujeto porque no es ninguno en particular. Particular del tiempo y el espacio de una oración infinita. Revelador.
Un sujeto, más no el sujeto. Un sujeto en un día cualquiera entonces haya la fuerza necesaria para encontrar lo que siempre ha deseado y darse cuenta de que a pesar de las circunstancias...
La mancha. La mancha lo dice todo para el corazón. La mancha, la leyenda, la etiqueta. Todo aquello que permite volver esto verocimil y un tanto misterioso.
Pero finalmente la cosa, objetivamente alternativa e inclusive casual se vuelve parte del juego de la antilógica. Porque impera ante ella una pragmática rebelde, que ve donde no hay nada, que descubre cuando todo es claro. Mancha por café, por montón de un mazo. Revelador.
Y en ese momento Fabián no puede dormir. Se pregunta será acaso posible perder encanto. En qué momento he perdido toda mi fuerza, mi vileza. Y sabe que no lo ha hecho. Y no comprende. Cómo puede seguir viendo demonios, cómo puede seguir pensando en hazañas, y aún así combinarlo con su nueva... revelador... cara que parece recién adquirida, que sabe que el mismo infierno ah ayudado a levantar, pero que no es mortal, ni dañina, ni lastimera. Es tan sólo una cara más, una cara de locura, una cara de inmensa felicidad.
Sabe es su culpa, pero es una culpa que le sienta bien. El miedo ha perder el sentimiento es grande. Porque sabe más de la bondad al conocer más de cerca la vileza. Porque no puede estar ya a gusto sin su eterna compañera, y duerme con ella porque ya no quiere seguir siendo su amante. Ahora quiere uno que satisfaga la carne. Pero no para curtirlo entre sus suaves cuchillos, sino más bien para compartir un viaje interminable a través de la recién adquirida sensación.
Fabián tiene hambre, tiene sed. Quiere más de lo de siempre. Sueña con ese carmesí intenso que le hace burbujear la sangre, que la habre el apetito de las entrañas. Será acaso que esa es la señal que no podía ver. Porque resulta contradictorio entonces la razón. Será que la razón más nunca fue contradictoria porque siempre estuvo ausente. Sabe por qué, más no se explica cómo, no le interesa.
Sólo lo quiere a él. Sólo quiere su sangre. Lo ha visto en sueños, sabe que es el indicado, o al menos eso creé que los demonios le indican. Y aún así tiene miedo. Jamás había dudado tanto, jamás se encontraba más cierto de su premonición, porque por primera vez la ha pensado, la ha maquinado. Y ahora se muere por primera vez en dejarla de pensar. La quiere ya pasa sí en sus brazos. La quiere a ella sólo entre sus labios alejados ya de todo veneno.
Quiere todo cuanto es, cuanto significa. La campanada está próxima a sonar.
Resuena desde una noche anterior, especial, marcada por el oro que Midas toca para que Fabián olvide el grano de sus sueños. Misterio olvidado que recuerda la tormenta del pasado pero ahora hace grata la redención.
Revelador no olvidar, olvido no en la cuenta del mañana. Revelador.
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