Fabián se siente arrebatado por un nuevo sentimiento, uno diferente y original que no había sentido antes. Bueno, en realidad es que ya lo había sentido muchas veces con reiteración, pero tenía tanto que no cruzaba por su mente, por sus venas, que ya no lo recordaba. Hoy Fabián está enfermo, cansado, decaído. Fabián ha sido atacado por el virus más inmundo y popular que puede existir. Cómo es que se atrevió, cómo fue capaz de atacarme a mí, Fabián Montenegro, se pregunta para sí. Parece que todo lo que hago se sale tan fuera de la norma, de la cotidianidad, y yo no puedo escapar ante él. Ante su humor, ante su venganza. Ante su arribo que es tan común, tan corriente, tan peculiar. No puede ser posible que yo sea presa de tan insulsa creatura, de tan pobre y sin chiste ocasión. Pero aquí me encuentro, con los ojos llorosos, rojos y un malestar dentro de mi nariz. Me duele ya la cabeza, y en ocasiones siento que está a punto de explotar. Cómo, cómo fue que ayer sentía otra cosa totalmente diferente a lo que siento hoy. Y, sin embargo, no me siento del todo mal, del todo decaído. Fabián recuerda cómo se sentía hace unos días, cómo es que el agotamiento de la nada lo invadía, le llenaba el cuerpo, el ser, el alma. Y hoy, a pesar de todo, a pesar de su condición, me siento bien. Sabe que eso no se lo puede perdonar. Sabe que el inquilino que se atreve a corromper su paz no es capaz de creer que un ser pueda ser capaz de sentirse feliz a pesar de la desgracia. Tan sólo por eso Fabián se siente contento, complacido. Por que es capaz de hacer todo, todo aún cuando no debe. Es cierto, no se siente pleno, pero eso qué, eso qué, eso no tiene la relativa menor importancia. Por que aquí está, aquí, sólo en este momento. Y sabe que siente y se siente así porque es alguien, porque está en esta tierra y le gusta sufrir, le gusta vivir la desgracia. Y el inquilino se esfuerza en turbarlo, en destruirlo, poco a poco va corrompiendo sus entrañas, y aún así se mantiene entero, se mantiene aquí. Porque aquí el único asesino soy yo. Yo soy el único que mata, que destruye, que es capaz de ir más allá que los demás. Yo soy el asesino, no tú. Me harás sufrir, me harás chistar, pero nunca, nunca me verás decaer. Porque yo soy el que manda sobre esta materia, sobre esta mente. Yo le digo que pensar, que decir, que hacer, e inclusive qué sufrir. Y en este momento yo le ordeno que sufra, pero no por ti, más bien por mí. Porque tú no eres nadie para mí, y en cualquier momento te invoco, te traigo hacía mí y ya está, entras en mi cuerpo, alteras mis nervios, mi humor, pero nunca me tomas bajo tu poder. Nunca lo podrás hacer.
Fabián en ocasiones cree que él mismo caé por su propio gusto, y quizá así sea, porque así es Fabián. Ese es nuestro Fabián. O salve Fabián que obra en contra de sí mismo, que es capaz de sufrir con el sufrimiento de sí mismo y no tener misericordia de él. Bendito, Bendito, Bendito sea Fabián. La muerte que canta y alaba su figura, más no lo alcanza, no lo oprime, no lo tortura. Sino más bien ella se ve perseguida por esta infernal creatura, que sólo manipula, sentencia y se mofa cual vil chiquillo de ella.
Sin esto no se puede hacer diferencia entre el ayer y el hoy, y a pesar de que a Fabián le cueste trabajo admitirlo es inevitable, se escapa de las manos de la propia voluntad. Más no he de dejar que ningúna vaga contingencia pertube mi fiel estado de vigila. No dejaré destruir este capullo. La catarsis ya ha comenzando, mucho antes de lo que cualquiera hubiera podido imaginar.
La creatura se encuentra insulsa en el cuerpo de su habitante, y espera. Creé que sólo es una batalla más, más no sabe lo que está a punto de desencadenar. Porque después de esto lo que sigue es mayor, lo que sigue es... aterrador.
La leona espera tranquila a que la presa se relaje. La loba se encuentra atenta a los sonidos de su pobre víctima. La ataca por la espalda, sigilosa, mientras el otro pasa sin sentir por la vida. Porque el águila sale de la nada, y toma entre sus garras su botín, poco a poco lo estruja, lo oprime, lo vuelve suyo.
La presa es presa de un pánico, aterrador, tan aterrador. Pero aún no se sabe si se aterra de su pobre vida de ratón. De saber que durante esa vida de búfalo que tuvo, no hizo nada más que mascar pastura, más que encontrarse a la deriva en la nada, sin vigila alguna. Porque a pesar de que corrió a la par de las demás liebres, nunca fue libre verdaderamente, nunca hizo lo que quizo, y eso le resulta terriblemente aterrador. Se muere entre tus garras, presa del miedo, atento quizá no a tu hocico, pero sí al horror de ella, que la domina. Nada. A pesar de un estornudo... llegará el silencio, aterrador.
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