Después de tener los pies inchados voltéas hacia atrás.
Te has dado cuenta de que estás perdido, bajo el sol inverbe. El desierto. La mutitud. La eterna vorágine de ruidos que te parecen tan desconocidos, tan poco familiares. Tus dedos no responden como antes, es normal, te has desacostumbrado. Costumbres que en mañas se vuelven, más cuando la maña se va la mano se alenta. Y después de tus pies, reconoces. Creiste que estabas conociendo cuando en verdad lo que hiciste fue darte cuenta de lo treméndamente tonto que has sido todo este tiempo. Y sin embargo te sientes orgulloso. Es cierto, fue tiempo. Pero qué queda más que el tiempo cuando somos humanos. Cuando fuimos humanos. Cuando toda la vida se vuelve tan sólo una triste cadena hacia la trascendescia. Curioso cómo se parecen las palabras, trascendencia, escencia, inocencia, incongruencia. Todas ellas reunidas ante los mismos lexemas, pero que ante tus labios son incapaces de pintarse de la manera correcta por que tú y tan sólo tú no conoces la existencia en su etapa más pura, más colosa y más mínimalista en cierto aspecto. Es cierto, tan sólo la muerte podrá liberarte de las ataduras. Pero, pregunta, el taxista es mudo. Sí, a tus pies se encuentra el suelo que alguna vez has de besar, has de sentir, has de extrañar. Por que más extraño que las calles y la gente son las cosas que no conoces ya ya extrañas por el simple hecho de que resultan extrañas a tus sentidos. Parece muy simple, a un buen ojo lo único que le queda es ver. Pero cuando es ciego ve más. Esa es la lección que no todos han aprendido. Sácate los ojos. Edipo creyó. Porque más allá de toda esperanza y fe, Yocasta, la cual no era en absoluto connotadamente casta, supo hacer su cuerpo el templo del equilibrio y la esquizofrenia de la razón postmoderna aún en tiempos en que la esfinge parecía razonadamente más mística que un trasvestista deprimido a las puertas del burdel. No. No son sólo las emociones. Sentidos. Y sin el sentido el sentido del sentido se saca los ojos a si mismo. Y puede pisar, puede roer, puede caer de un techo mil cristales y clavársete a ti en tus dulces y misteriosos piecesitos, querida, y ni aún así, ni aún cuando me he preocupado por amputarte hasta el más sincero de tus inútiles deditos, puedes decirme que sabes caminar. Perdido, y cuando volteas el misterioso te sigue persiguiendo. Y cuando volteas inspirador te sigue persiguiendo. Y cuando volteas aquellas palomas aún te sacan los ojos y los insectos siguen dentro de tus entrañas y tus cavidades, y al otro lado de la calle no puedes más que ver un letrero cuya consigna no reconoces. Estoy perdido, dices sinceramente. Decides dejar tu hígado en el pavimento. Un coche corriendo a más de 100 km/seg ha decidido hacerte el sincero favor de aplastarlo hasta reventar todo lo que en él había. Pero sabes qué, ni siquiera te inmutas. No te diré que te lo comas, más no tiene sentido. Alzas tu manita, tu garrita, y por primera vez te das cuenta de algo. Calle. Calla. Y la explosión del ruido. Y lagrimita, lágrima, estima, explota, inutil, inocua. Feliz. Muerta. Lágrima, lagrimita, que saltas, que gritas, que invocas que inmolas, que vuelves tan sola a la beatitud de mi ser. Bendito sea yo, ser de poca luz. Lágrima, revuelta con la sangre del pavimento que tu hígado desprendió. Se fue, con el aire.
-Gracias- Cuánto le debo. Igualmente.
Clap, clap, clap, clac, clac, clac.
Naranja.
Compuerta.
-Bueno, ya voy llegando. Rosa.-
Dios, por qué dije eso, no importa ya llego.
Por qué será que aún no veo ningún muerto. (Recuerdo) Amigo, extraño ver muertos, por favor, vuélvelo a hacer.()
Bien. Sonrisa. Muertos habrá.
5515901294851
Llamando....
¿Bueno?... Malo dirá... (risas grabadas)... bajo el ángel más luminoso de mi vida. Respira hondo.
Un coche, se detiene... Y desparrama su bilis por el suelo, por el sueño, por la lágrima que cae a través del espacio en la grieta del pavimento, una bilis que enciende el motor, que corroe por naturaleza, que es dúctil, volálit, y que viene encajonada, con dos entradas. Una se conecta al cuerpo, la ottra a lo más profundo del alma.
Mientras baja por la escalera de la estación del metro, la creatura combustiona en si misma. La briza, tóxica, contamina el aire, lo vuelve definitivamente ralo, insportable.
Los transeuntes, usuarios, conductores, no se dan cuenta, no sucede nada.
Nada.
La bilis ha contaminado el suelo, es tiempo de la incubación. (risas). Aunque, pensándolo bien, de todas maneras el apocalipsis ya había comenzado.
1 Cubeta con agua caliente y vinagre. Úsese bilis en caso, es buena. Transición.
F.M.
lunes, julio 13
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