domingo, marzo 8

¿y?

El demonio camina por sobre el precipicio. El acantilado. A sus pies se expande la llanura de una montaña del terreno escarpado. De una tierra lejana, distante. Irreal. Son las cosas que suceden en los momentos más reales de la vida. La felicidad. Corazón. Solamente. Aviéntate al precipicio sin ver, sin mirar. Siempre con la vista hacia aquella roca, aquella roca tan puntiaguda. Sedúcele, cántale al oido,bésale el cuello. Haz lo prohibido, sin pudor. Sin pena. Gloria. Piedad. Miéntele y vuélvele a decir la verdad. La increíble y oculta verdad que mofa a cada instante en que gritas. En que te ves al espejo. En que vuelas por sobre el río del acantilado de la montaña.
En cuanto duermes y abres los ojos. Mi meta en la vida es morir; la vida es el camino. Cierra la boca. Siente el aire, acariciándote. Toquetéandote obsenamente cada parte de tu cuerpo. ¿y?
Creíste que lo habías perdido para siempre. Y sin embargo no te puedes resistir a la tentación de verlo, de hacerlo una vez más. No sabes ahora cómo puedes dejar de vivir. Sin él. Sin eso. Sin nada. Ansiedad que correo las venas de tu enemigo cada que te acercas un poco más a la victoria. Qué iluso eres, si yo llegué primero, yo estuve primero, sigo estando. Ahora no. Miéntes. Miéntes por que sabes que te conviene mentir. Yo por mi parte, miento. Miento porque sé que me conviene mentir. Tú te quedas atónito, estupefacto. Estúpido. Volteáste a ver cómo si hubiera alguien a tu lado. Estoy yo. Mírame. Fuiste real tan sólo un instante. Agradezco. Mentir.
Cada instante se volvía diferente, se volvía todo eso que buscabas y que no podías encontrar. Aquello que ilusamente los demonios piensan como maldad. ¿Qué? Buscabas y no encontrabas la verdad, no encontrabas una mentira justificable por que simplemente creíste que no debería de exisitir. Más aún bien lo hizo. Sin embargo todo ocurrió. Así, sin planerlo. Llegó de improviso y le asetó un golpe mortal. Ahora no sabe si podrá dejarlo. No quiero.
Curioso en ocasiones pensar en lo inspirador que tu aliento se volvió hacia las entrañas de la bestia. Qué seducirá más la carne. La piel. El deseo infinito de tocarte los labios recorre las arterias del cuerpo del asesino. Se vuelca la sangre hacia el cerebro. Se desmaya.
Mira que yo nunca soy así, la verdad me cuesta demasiado trabajo volverme transparente. Invisible. Y visibilidad fue lo último que pensé en aquel momento. Porque al fin lo logré, fui invisible, ese fue el gran recuento en que con los hechos llegué a ocasionar. Conciencia. Nunca faltó, escribo con violencia por que no quiero perder el recuerdo que existe en cada pequeño fragmento de la memoria, que sin embargo ahora se ve un poco ofuscada por la razón misma de ser. Por la razón misma en que mi estógamo suena y me responde que no está enojado, que no está cocido, que tolerará, aún por un tiempo más cada uno de mis excesos. Quizá llegues a matarme, asesino despiadado. Más no tengas en cuenta mi voluntad sino escucha lo sonoro de tus caprichos. Ahora. Más tarde no me tendrás. Cuando las víseras no sean víseras y se vuelvan más que basura. Entonces yo creí que la voz de Dios era mi voz misma ¿Qué? atinado creí.
Desde el momento en que inició todo suponía que iba pasar. Aunque perdiera un dedo, aunque quizá acabara sin mano. Acepto la responsabilidad. Esperaba un mejor castigo. Te quiero, no me des más problemas. Haz lo que en tu gana te venga. Y es que sólo en mi gana no me viene hacer nada. Así de sencillo he decidido decidir. Trágate tu lengua. Mejor. Si te duermes. No serías el primero en morir así. Y sin embargo a cada minuto morí, morí, morí. Deseo morir por cada uno de los instantes en que respiro. Por que volviste a respirar mi aire. No me importa. ¿y?.
Seré sincero. Detesto la monotonía. Detesto la linealidad. Ahora la geometría me parece irreal. Utópica. Así como las cosas que pasan en tu cabeza. Como el vinagre que te está disolviendo el cerebro, y que en cada una de las cebollas me fascina introducir a mi boca. Qué sería todo esto sin vinagre.
Y aún después de varias horas mi mundo seguía girando. En la alcoba, seguía girando. En la vida, seguía girando. Nunca se detiene. Más para la muerte. Demonio, hecho hombre. A imagen y semejanza. Creés que me burlo. No. La verdad sí. Ausente. ¡Y volviste a llamar!
Inconexo, incoherencia. Qué demonios es lo que me quieres contar. Estoy un poco harto de ti. DE todo lo que haces, de todo lo que dices. ¿y? Cógeme en silencio fue tan sólo una parte, porque en las mariposas la vida es corta, el sol sublime. En cuanto volviste inspirador, la tierra se detuvo, porque después de horas no se dejaba de mover. Crees acaso que me importan los regaños, crees que quiero un lamento. ¿Compasión? No necesito nada de ti. Nada tuyo que provenga de tu sucia boca. Sólo quiero más alcohol. Sólo quiero más de todo eso que me embriaga, que me ensucia, que me harta. Que más allá de toda convención le puede dar un golpe en la cien. Monotonía. No te soporto ni por un instante más, aléjate de mi. Alicia. Lo sabe más que bien.
Confieso. Me encantó. Comer un dedo, con vinagre. Suculento. Debo confesarlo, primera vez. Fui del cielo, y hasta el cielo. Y ahora ahí me quedé. Por qué no llegué hasta los infiernos. pobre de ti. perdedor. La verdad no lo entiendo. Pero me encantó. Sutil encanto el que se encerró en aquellas botellas verdes, en aquel líquido con sabor amargo. Fue la primera vez, aunque no lo creas, te lo juro. ¿Drogas? Déjame checarte los brazos. Risas de fondo. No me jodas. Ni un puto piquete, ¿cómo le hiciste? Qué nadie te ha dicho del poder de la meditación. Cicatriza, menos cuando te rascas y te salen ámpulas. Imagiación. Inspiración. Así se vuelca la droga dentro de tu cerebro. Que tardarás en eliminar. ¿y? Por mi hubieras sido mio en ese instante. Aunque fuera yo invisiblemente obvio. Por que lo fui, y no me importo. Y quizá algún día seas mía por voluntad. Jesús bendito, no nada más San Antonio está de cabeza. Gracias, santito. Cuándo me haces otro milagrito. Hereje. Aplausos. No me mires. No me hables qué asco.
Gracias, me fascina. Me fascina poder seguir en caida libre hacia el acantilado. Cuando los demonios han descubierto una vocación, asesina, no deben descansar hasta llegar al fin. El fin marcado por el inicio de los tiempos, de esos tiempos tan irreverentemente modernos. Ahora hay desorden. Y habrá más. Y quizá, en soledad, más cuerpos caigan, en mis garras. Acantilados. Tengo los ojos cerrados. Sólo por tu aroma, por esa hedionda fetidez que me estremece el alma, presiento que te has aventado al acantilado conmigo. ¿Traías paracaidas? Directo a la roca, no la pierdas de vista, directo a la roca. Me pregunto si será conveniente. Besarte con los ojos cerrados. O será acaso, más sensacional. Estrellarme en el acantilado. Con los ojos abiertos. De frente. Mira siempre de frente. Por donde pisas. ¡Cuidado! No te vallas a caer. ¿y?
No sé.
F.M.

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