Aquella que hace a los hombres generar sus danzas aquella que acompaña sus cantos.
Aquella que despierta sus emociones, aquella que refleja sus sentimientos.
Sentado, al borde, con tan sólo una planta. Tan sólo y únicamente en el vacío, conciencia. Inacabada cada pieza de los momentos que llegan a mi mente, uno por uno van cayendo como pájaros con las alas heridas. Entre las ramas, se atoran, se atormentan. Todos pertenecen al mismo árbol, a la misma estirpe. Y yo aquí, tan bondadoso, tan insolente. Me acerco, conmigo. Me acerco. Voy caminando despacio, apreciando cada una de las bellas hojas de aquel árbol, apreciando cada una de sus espinas. En un momento. Llego. Me encuentro enfrente. De frente. Toco. Me abrazo. Y aunque conozco el árbol, no es el mismo de siempre, no es aquel que hace unos versos imploraba por llevarse mi desdicha, al contrario, implora por infligingirla, por mantenerla, por darle vida, por hacerla ver. Yo como siempre. Siempre. Tan bien vestido. Zapatos rotos. No es un chiste. Sonrío. No es un chiste. Me abrazo. Me río. Sonrío: no es un chiste. Me acomodo placidamente entre las hojas lacerantes, que cortan que lastiman, que llegan a la piel como llamas una a una. Saco unas pinzas, me coloco en posición. Como las aves. Aves. Del paraíso. En el paraíso la tormenta siempre se desecha por el abismo. Mutismo. De las emociones a los sentidos, más la melodía por el fondo siempre suena, siempre se altera. Y así es como fueron cayendo uno a uno. Tan sólo uno por uno. Como gotas, como gotas en el abismo. Sonrío. Me río. No es un chiste. Como gotas. De sangre se esparcen por el suelo, por ese suelo frío, de concreto, vacío, tan gris. Tan llenos de líneas, de víceras y de emociones. Sensaciones. De frío. El piso. El vicio. Atacar cada una de las hojas, con las manos. Sin pinzas. Sin pico se encuentran las aves en el vacío. Sin poder graznar, sin poder desposeerse de sus sentidos. Muertas. Vivientes. Las hojas que cortan cada uno de los pulsos de mis venas, de mi ser. Me excito. ¿Me excito? ¡Me exito! Éxito he logrado al fin. En el cúmulo de la pirámide de la objetividad. Me he vuelto sobrio, me he vuelto inmortal. Cada uno los remaches han sido colocados, uno a uno. Sonrío. Volteo, al horizonte. Me encuentro perdido en la niebla con mis hermanos. Y sonrío. Todo este paraíso es mi reino, es mi fin. Perdónalos. Perdónalos. Y aún sonrío. Cada uno de los momentos que han pasado por mi mente no han sido en vano, han sido vacío. Y mientras escucho, uno a uno los compases de la. Danza. Las hojas frente a mi nariz, que la cercenas. Bailan al compás. Caen. Por el viento, mis huesos se dispersan. Ensartan. Mis entrañas se retuercen. De alegría. Al compás. Sonrío. Me río. Y no es un chiste. Volteo al cielo. Tan claro, tan frío. Concreto. El vicio. Se va completando la pieza, con acordes.
Al fin. Parece que la pieza. Termina. La tortura que corrompe en cada uno los signos superficiales. Mi carne. Se esparce en cada uno de los recobecos del árbol. Las sombras. Sin pico los pájaros graznan en una melodía inacabada. Y a pesar de todo, a pesar del mutismo. Mi corazón palpita. Mi corazón. Ruega. Una hoja cae. Mi corazón. Cae. Ruega. Una hoja. Morir por mi corazón. El monte. Y las oraciones. Entre el alambre de púas. Las emociones. Y la melodía. Al final. Llega a su fin. Danza. La hierba. La emoción. Palpitación. Mi sexo. Constricción. La sonría. Sonríe. Sonríe. Se ríe. La niebla. El acorde. Termina. Final.
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Un ave. Me sonríe. Con pico, grazna.
La melodía. Jamás termina. Los ríos corren. Bajo la hierba. Rojo.
La niebla. Canta. Danza. Sonríe. Jamás termina. Se ríe.
Bajo la hierba.
Me veo.
Bajo la hierba. La melodía.
Aplausos.
Y el rojo cae del cielo al infierno.

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